Opinión: Creo, ¿y qué?

Opinión: Creo, ¿y qué?


 

José Luis Taveras

No soy de los bajan la voz o se sonrojan calladamente cuando se habla de Dios. No. ¿Por qué? Creo... y punto. Para mí es un acto naturalmente humano. Eso jamás podrá abochornarme. ¿Acaso me avergüenza vivir?

Si algunos quieren dejar hasta aquí la lectura, lo comprendo; en cambio, si insisten, tendrán que leer algo más desconcertante: mi teísmo no se apoya en construcciones cognoscitivas, tampoco en premisas teológicas o en presupuestos epistémicos; es convicción esencial de vida. Más que concepción abstracta, creo que su verdad es una elección existencial concreta. Esa opción la escogí de forma consciente y como ejercicio de la libertad con la que Dios nos habilitó para ser.

Pienso que no hay comprensión racional de la existencia ni propósito que la ordene sin la idea de Dios. Y no tengo por qué someter esa razón al análisis científico para validarla. Me basta vivirla. Digo como el Apóstol Pablo: “las cosas que son del Espíritu.... se disciernen espiritualmente”. Tampoco se la debo a nadie, salvo a mi conciencia. Si eso es ignorancia, entonces soy el primero; si es autoengaño, me complace; si es fanatismo, es su opinión.

No soy apologista de la fe. La trato de vivir como un acto de espiritualidad. La Biblia no empezó explicando ni probando el origen de la deidad; partió de una premisa implícita: su preexistencia. Así creo. No tengo que probarle a nadie que Dios es. Eso no altera su verdad en mí. Me alcanza su manifestación portentosa e inequívoca. Comparto la verdad de Dios por amor y no por conocimiento. Total, la comprensión humana es fallida y finita para asimilar el contenido de su esencia.

Creer no me hace intelectualmente inferior ni espiritualmente superior. No consiento los engreimientos del ateísmo dogmático como detentador de la última razón. Sus propuestas son lógicas, pero insuficientes. Siguen siendo teorías y en ese terreno son más las causas o evidencias que me persuaden a creer que a negar. Tampoco acato la pretendida superioridad moral de algunos “creyentes” para juzgar. Creo que la primera afirmación de Dios en mi vida es confrontarme con mis propias miserias. El único juicio que debemos hacer es a nuestra propia conciencia. Compartimos igual naturaleza de pecado y esa condición nos descalifica para creernos mejores que otros. Lo único plausible es la misericordia de Dios en nuestra vida.

No creo por temor, inseguridad o vacío. Tampoco me abruma la impotencia de Jean de la Bruyere: “La imposibilidad en que me encuentro de probar que Dios no existe, me prueba su existencia”; ni el fastidio de Pascal: “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe”; ni el relativismo absolutista de Gorki: “¿Crees en Dios? Si crees en él, existe; si no crees, no existe”. Yo en cambio creo porque su razón me llena, complace y afirma. Evito racionalizar la espiritualidad o espiritualizar la racionalidad: un espacio inútil y sin salidas. No me desgasto. No gano nada riñendo con quien no cree.

El escritor y dramaturgo francés Jules Renard escribió: “Desconozco si Dios existe, pero sería mejor para su reputación que no existiera”. Esa declaración, lapidaria y mordaz, no ha dejado de tener razón histórica. Y es que muchos de los hombres que han dicho creer y actuar en nombre de Dios lo han negado con sus actos. Esa inconsistencia, abonada por la religión en desmedro de la fe, ha creado la maldita confusión de los siglos.

Religión y fe son nociones contrapuestas: la religión es el esfuerzo humano por alcanzar a Dios; la fe es el plan de Dios por redimir al hombre. La religión es una institución humana con vicios, imperfecciones e indulgencias; la fe es una virtud divina para acercar al hombre a sus propósitos eternos. A través de la fe reconocemos nuestras culpas; con la religión pretendemos justificarlas. La religión es un sistema de creencias, ritos y preceptos; la fe nos reconoce como sujetos de valores espirituales. La religión es institución y gobierno; la fe es relación personal y testimonial de vida. La religión impone dogmas; la fe desarrolla conciencia. La religión es apariencia; la fe es esencia. Las religiones son varias; la fe es única.

El problema surge cuando la religión, de medio (de por sí fallido), se convierte en fin en sí mismo. Entonces sus propósitos se vician, manipulan, tuercen y desvían. Ese ha sido el problema de la humanidad occidental y las grandes tragedias arrastradas por el oscurantismo del “cristianismo religioso”. La religión mata la fe. La muerte de Jesús fue religiosa. La fe abre a la vida. No soy religioso.

Otro artificio de la religión es confundir la iglesia con el templo. La iglesia es una comunidad de creyentes; el templo, que no tiene nada de sagrado, es un espacio físico de reunión. La iglesia, como organización humana, no comporta mayor virtud que crear espacio, orden y tiempo para compartir experiencias colectivas de fe y disciplina espiritual. No debe tener privilegios, no debe detentar autoridad temporal ni concentrar poderes políticos; lo contrario sería aceptarla como sistema y verla nacer como religión.

No hay una iglesia verdadera. La verdad está en Dios. La iglesia auténtica es la que Dios acepta como tal y no tiene que ver con antigüedad, denominación, doctrina o culto; es un cuerpo místico porque solo Dios la reconoce; tiene que ver con los creyentes (sin importar dónde militen) que observan un modelo de vida ajustado a sus designios. Solo Dios conoce cuál es su iglesia. No “pertenezco” a ninguna iglesia; me congrego en una.

El templo es un lugar de culto, pero no es el culto. El concepto de altar es una noción judía veterotestamentaria (del Antiguo Testamento) y no cristiana. Dios no habita en templos, sino en los hombres que aceptan su verdad. La devoción de los objetos no nos hace más puros; la pureza es decisión de una vida renovada. Los elementos litúrgicos (materiales, artísticos, arquitectónicos) son medios de adoración a Dios y no fin en sí mismos. No atesoran ninguna virtud distinta a servir como lo que son: simples objetos. Todo lo demás es fetichismo místico. De los templos no me impresiona ni su historia, y si son góticos me causan fobia. No me deslumbran ni como patrimonio artístico. Invertir cuantiosos recursos en grandes estructuras y bienes corresponde a eras sombrías del cristianismo religioso. La mejor inversión está en optimizar las condiciones de vida de millones de humanos excluidos, degradados y postrados material y espiritualmente. Cristo no se aisló en una vida aséptica, contemplativa o monástica. Convivió y le predicó a gente corriente respirando sus hedores, compartiendo sus sudores y consolando sus dolores.

No pretendo tener razón en lo que creo ni en confirmar sus verdades. Esto no es una propuesta de discusión teológica, no tiene ese rango ni intención; es una confesión de interioridades que vacío como derecho a decir, hacer y ser. Creo; lo digo como un ejercicio de desnudez y no de aprobación, como un leve respiro del libre albedrío que una vez nos fue insuflado. Acéptenlo así y así se quedará: como un suspiro del espíritu... así no más. Gracias a quienes terminaron la lectura.

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